
Mientras hablábamos comprendí que te comprendía y que tu me comprendías a mi, pues vivimos en tiempos y etapas similares, aún en situaciones similares, con la única diferencia de que yo renuncié a la aprehensión y tú todavía no lo has llevado a la práctica, a pesar de que ya lo sabes. Me vi en ti, en un momento anterior, en un lugar en el que estuve y ahora ya no, y te vi saliendo de esta como en algún momento lo hiciera yo mismo.
En fin, ahí estabas, al borde del llanto y yo te escuchaba y observaba, quería abrazarte con mucha fuerza, pero fuiste tu quien lo hizo adelantándose a mis impulsos. Después de compartir tu vivencia y posteriormente yo la mía, mentalmente comparé ambas, me di cuenta de que el asunto no es tan simple, sin embargo te reitero mi invitación a no sentirte responsable de los actos de los demás.
Después de una leve regresión, a la cual te invité a participar, te vi detenida en frente de mi, te pensé como en mucho tiempo no lo hacía, en ese momento me imaginé siendo más que un apoyo para ti, cumpliendo un aspecto que discretamente pide ser llenado; he de confesar, moría de ganas de darte un beso, pero uno tierno y calido, inocente, de aquellos que se dan rebosantes de cariño, de los que no pueden darse en la mejilla porque necesitan entrar en ti, necesitan esa cercanía y contacto que se da en los labios cuando dices “cuanto te quiero” sin necesidad de hablar.
1 comentario:
cañon... a veces pasa. a veces te dejas. a veces caes... a veces duele. a veces quieres... y a veces te impides.
Publicar un comentario